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Libro Ciudad de Rosario
por Alicia Megías, Agustina Prieto, Raúl D’Amelio, Pablo Montini, Ana María Rigotti.

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Ciudad de Rosario: Episodio 2

El río, el puerto, las calles, la plaza central, las instituciones, los trabajadores, los inmigrantes, los comerciantes, las fábricas (...) son algunos argumentos históricos o motivos literarios que se entrelazan y superponen en este libro de imágenes y textos que, sin intención de abarcar la historia completa de Rosario, se centra en algunos episodios particulares de su biografía.

Lugar: Museo de la Ciudad.
Fecha: diciembre de 2010.


Hacia 1910, cuando se celebraba el primer centenario de la revolución de Mayo, Rosario era una ciudad nueva y dinámica de casi doscientos mil habitantes, de los cuales algo más de la mitad eran argentinos y el resto, italianos, españoles, franceses, ingleses, alemanes, rusos, uruguayos, brasileños, austríacos, árabes, turcos y de otras nacionalidades.

Al norte de un área longitudinal ocupada por grandes instalaciones ferroviarias se habían radicado algunas fábricas, talleres y barrios obreros. El puerto contaba con numerosos depósitos, grúas, elevadores, una usina eléctrica y demás adelantos técnicos; a lo largo de sus cuatro kilómetros de muelles, la carga y descarga de vapores y veleros parecía incesante. En los últimos diez años, el movimiento portuario no había dejado de aumentar, superando las cuatro millones de toneladas anuales. Rosario se mostraba como una ciudad próspera y cosmopolita que, en la versión de la prensa y los dirigentes, había alcanzado esa posición por la fuerza misma del trabajo. En consecuencia, no cabía imaginar otro destino que el de mayor prosperidad. Rosario se erigía así en el paradigma social y económico de la nación proyectada a mediados del siglo XIX por un grupo de hombres inspirados en el progresismo liberal de su época.

En su lógica, la elite dirigente consideraba las ingratas condiciones de vida de los sectores populares como el costo social de ese modelo económico que había hecho crecer la ciudad. Se daba por descontado que el progreso mismo en su natural desarrollo no tardaría en superar la cuestión. Tales convicciones crearon una imagen sólida de Rosario, cuyo origen histórico difuso y poco ilustre dejó de tener importancia ante la vista de las chimeneas y grúas que perfilaban a lo largo de la curva del río un verdadero paisaje productivo.

La ciudad quedó configurada entonces como polo de desarrollo industrial, centro financiero, administrativo, comercial y cabecera portuaria de toda la pampa gringa. El resultado contrastante de ese balance se reflejaba, a nivel urbano, en los palacios de renta y los conventillos, los primeros edificios en altura y las casillas de madera y chapa, los bulevares y las calles de barro, el Parque de la Independencia y los basurales, las grandes tiendas del centro y los barrios obreros de la periferia.

Hasta la crisis económica y política de 1930, Rosario siguió creciendo a ritmo acelerado. En los últimos veinte años la población había aumentado hasta alcanzar los 480.000 habitantes. Terminada la Primera Guerra, durante la cual habían descendido sensiblemente, los montos de exportación volvieron a repuntar e incluso superaron los del período anterior. En el quinquenio 1920-24, el movimiento portuario había superado un promedio anual de cinco millones de toneladas; durante los siguientes quince años, el promedio trepó a casi nueve millones, pero tras el inicio de la Segunda Guerra cayó abruptamente. En 1941, un año antes de ser estatizado, el movimiento del puerto de Rosario se redujo a apenas dos millones de toneladas. En el transcurso de la crisis, conforme fueron variando las condiciones sociales, económicas y políticas del país y la ciudad, algunos signos empezaron a verse de otra manera. El cosmopolitismo, por ejemplo, ya no era exaltado en el ideal de una sociedad abierta a todos los que quisieran habitar el suelo argentino, sino más bien vinculado a las pestes, la desocupación, el extremismo ideológico y la amenaza latente de un desborde popular.

En un clima generalizado de desazón, algunos intelectuales rosarinos expresaron, describieron o trataron de explicar esa nueva imagen de la realidad, tan distinta de las representaciones que se habían acostumbrado a realzar con signos de admiración. No parece del todo casual que hacia fines de los años 30 del siglo XX, empezaran a publicarse algunas obras que daban cuenta, de distinto modo, del final de una época dorada para la ciudad y el puerto: La ciudad cambió la voz (1938) de Mateo Booz, Biografía de Rosario (1939) de Fausto Hernández, Imagen y jerarquía de Rosario (1940) de César Carrizo, Historia de Rosario de Juan Álvarez (1943), Las colinas del hambre (1943) de Rosa Wernicke, El alma de nuestra ciudad del Rosario (1952) del cardenal Antonio Caggiano y, la más elocuente de todas, La ciudad del puerto petrificado (1954) de Ángel Guido. El sentimiento nostálgico de esas novelas y ensayos históricos había empezado a formarse tiempo atrás, para los años mismos del Centenario y acaso antes, como reacción espontánea ante el incipiente movimiento obrero y la radicalidad de sus consignas y acciones. Durante la breve experiencia democrática de los gobiernos radicales, el sentimiento se volvió más consciente y reveló su contenido ideológico.

Los intelectuales rosarinos parecían resistirse a abandonar el liberalismo que había hecho de Rosario una ciudad pujante, moderna y cosmopolita. Juan Álvarez, el más notorio de ellos, propuso en su narración histórica la existencia de diez generaciones consecutivas. Las seis primeras habían dejado “cuatro mil habitantes, mezquinos edificios, una pequeña iglesia, dos escuelas y escasos faroles de alumbrado a grasa de potro. Independencia aparte, todo lo demás fue hecho por las cuatro generaciones siguientes, a base de libertad económica y fraternal acogida a los brazos y a los capitales venidos de fuera. Una, tomó a su cargo cooperar en la organización nacional, abrir los ríos y organizar el comercio; otra, construyó ferrocarriles y detuvo al indio; otra más, impulsó las nacientes industrias locales; la última, pudo esmerarse especialmente en elevar el nivel intelectual y artístico, mientras tendía vastas redes de caminos pavimentados”. Está claro que Álvarez hacía foco en los sectores ilustrados de esas generaciones y dejaba fuera a las masas populares. Sin embargo, los obreros habían alcanzado en Rosario un alto grado de organización y sus huelgas se habían hecho sentir con fuerza. El modo en que esa ciudad proletaria aparece, tanto en los libros de Fausto Hernández y Rosa Wernike como en las pinturas sobre arpillera con desocupados y manifestaciones de Antonio Berni, sugiere que los escritores y artistas rosarinos de los años 30 compartían la idea del fin de una época, aunque no hubiera acuerdo respecto a la interpretación de las causas.

Ya en la década de 1920 circulaba un diagnóstico pesimista del crecimiento de la ciudad. Las bestias negras eran el centralismo de Buenos Aires, las leyes nacionales que suprimían las ventajas competitivas del puerto de Rosario y las compañías ferroviarias y tranviarias que obstruían con sus tendidos e instalaciones la expansión del mercado inmobiliario. El puerto mismo empezó a ser visto como un impedimento para la renovación edilicia del área central y la recuperación del frente costero para espacios recreativos o erigir monumentos. Estas hipótesis ya estaban presentes en el Plan Regulador de 1935. Más tarde, el Plan Rosario de 1953, sancionado en 1961, dio por hecho el ocaso de la ciudad como puerto de exportación de productos agrícolas y diseñó su transformación en centro administrativo del frente fluvial industrial que se extendía desde San Nicolás al sur hasta Puerto San Martín al norte. A partir de las políticas económicas de los años 40 y 50, que privilegiaron el desarrollo industrial del Litoral en detrimento de la actividad agrícola, el puerto de Rosario se fue estancando y reduciendo.

Así la ciudad cursó las próximas décadas, con algunos adelantos pero en general sin poder revertir del todo el virtual estancamiento. La recuperación de las zonas ribereñas para usos públicos y privados comenzó a principios de los años 60 con la habilitación de Barrio Martin, el parque Urquiza y la reconversión de algunas manzanas aledañas a la avenida Belgrano, todo ello posible por el levantamiento de estaciones y vías desactivadas de acuerdo a las hipótesis del Plan Rosario. Continuó con las obras de infraestructura realizadas para el Mundial 78, que aprovecharon las ruinas de instalaciones productivas para resolver problemas viales, y la apertura del Parque de España, que a principios de los 80 se anticipó al desarrollo paisajístico, recreativo e inmobiliario de toda la ex zona portuaria llevado a cabo por las políticas urbanísticas municipales de los 90 y el 2000, que lograron empalmar una serie de avenidas costaneras con la avenida de circunvalación y ésta con el puente que cruza el Paraná.

El río, el puerto, las calles, la plaza central, las instituciones, la elite dirigente, los trabajadores, los inmigrantes, los comerciantes, los intelectuales, las fábricas, las instalaciones ferroviarias, las epidemias, los monumentos, los coleccionistas, los museos, los artesanos, los arquitectos, los pintores, los parques, los conventillos, los palacios de renta, las construcciones en altura, los edificios públicos, las avenidas y de nuevo el río son otros tantos argumentos históricos o motivos literarios que se entrelazan y superponen en este libro de imágenes y textos que, sin intención de abarcar la historia completa de Rosario, se centra en algunos episodios particulares de su biografía.

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Fe de errata: para la edición impresa del libro Ciudad de Rosario informamos que en la página 16 en el epígrafe de imagen en color cian donde dice "(...) laguna de Gómez (...)" corresponde "(...) laguna de Sánchez (...)".

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En enero abierto al público de martes a viernes de 9 a 15 hs y fines de semana y feriados de 14 a 20 hs. Se podrá visitar la muestra Ciudad de Rosario. Episodio Dos.
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